
Los conventos de ambas órdenes, repartidos por el mundo, mantienen la tradición de reunirse en el día de sus patronos (hoy le toca a Santo Domingo) y celebrar juntos a sus padres fundadores. Así que de Santo Domingo predica siempre un franciscano, quien preside después la mesa del banquete fraternal, y lo mismo hacemos los dominicos en el día de San Francisco. Es muy interesante esa relectura anual de la vida de nuestros fundadores hecha cada año desde la mira y desde la sensibilidad de la otra comunidad. También es bueno encontrarse, entre súbditos y comentar con humor lo que traman nuestros superiores.
Por otra parte, estos intercambian sus estrategias y seguramente recuerdan lo que a ellos les advierte San Agustín en su Regla: "Que no se consideren felices por el poder que tienen de mandar, sino por el amor en el servir" (Regla, 46) y así "promuevan un servicio libre, no una sumisión servil" (LCO, 20, III). Y, al final del ágape fraterno, franciscanos y dominicos entonamos juntos la antífona coral: "El seráfico Francisco y el apostólico Domingo nos enseñaron tu ley, Señor". Así volvemos contentos a nuestros respectivos conventos, como el que retorna a su casa después de una simpática tertulia familiar.
En el Ecuador numerosas obras de arte, al poner juntos a los dos santos, nos recuerdan la belleza de sus vidas invitándonos a su imitación. Es frecuente, en el mismo cuadro, que la Virgen le dé el Rosario a Santo Domingo y el Niño a San Francisco, para que ambos le prediquen al pueblo una sana teología bien fundada en la Humanidad de Cristo y bien dispuesta a dar testimonio de semejante doctrina con la entrega total de la propia vida.
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