viernes, 30 de mayo de 2008

El misterio de la obediencia consagrada

Hablar de obediencia consagrada es hablar de una obediencia configurada realmente con la vivida por Jesús. O, mejor aún, es hablar de una vocación y de un compromiso -ratificado con voto- de revivir en la Iglesia el mismo misterio de obediencia radical vivido por Jesús en su existencia terrena.
La obediencia consagrada no es simplemente un ‘consejo’, como tampoco lo son la castidad y la pobreza, sino un verdadero carisma, es decir, un especial don de gracia, concedido por el Espíritu Santo a la Iglesia, y en ella a determinadas personas, para revivir intensamente esta dimensión de la vida y del misterio de Jesús. Por eso, ha que tener el mismo contenido fundamental de su obediencia, y responder a sus mismas motivaciones.
Hemos descrito la obediencia histórica de Jesús, diciendo que fue sumisión total en amor (=filial) al querer del Padre, manifestado y discernido, muchas veces, a través de mediaciones humanas.
En la vida religiosa, es decir, en la vida especialmente consagrada, porque intenta ser “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, como Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos” (VC 22), en respuesta a una peculiar vocación, se quiere vivir comprometidamente -por eso y para eso, se hace profesión, por medio de voto público- la misma obediencia vivida por Jesús. Por tanto, el voto religioso no puede reducirse, -como desdichadamente afirmaron los juristas- al compromiso de cumplir el mandado explícito de los superiores, cuando lo imponen en conformidad con el derecho universal y con el propio del respectivo instituto1. Si a esto se redujera, el voto quedaría privado de todo fundamento y contenido cristológicos, y dejaría de ser una realidad evangélica. Lo cual sería gravísimo.
El voto religioso de obediencia es el compromiso público, aceptado como tal por la Iglesia, de acoger la voluntad de Dios como único criterio de vida, discernida e interpretada a través de múltiples mediaciones humanas y, de modo particular, por medio de los superiores, en sus distintos grados. Abarca, pues, todo el ámbito de la obediencia cristiana, tal como se pretende vivir -por una especial vocación- en la vida consagrada. Es decir, abarca todo el proyecto evangélico de vida, y comprende todas las mediaciones: la propia conciencia, la palabra de Dios, el magisterio de la Iglesia, los signos de los tiempos, las necesidades y aspiraciones de los hombres, la voz humilde de los hermanos, la voz más solemne de la propia comunidad, las constituciones del propio instituto y, de un modo especial, sus respectivos superiores. Por eso, es obediencia radical. Y va a implicar y supone, de hecho, la ‘renuncia’ explícita a programarse la propia vida (cf ET 7), para aceptar -como expresión concreta y objetiva de la voluntad de Dios- el programa que ofrece al religioso la gran mediación de su propio instituto, a través, fundamentalmente, de sus hermanos y también de sus estructuras y, especialmente, a través de las Constituciones y de las distintas instancias de gobierno.
Autor: Severino María Alonso, cmf