viernes, 27 de enero de 2012

Acción y contemplación

Los santos fueron a la vez gigantes del pensamiento, porque han amalgamado en su personalidad esas dos cosas que nosotros hemos disociado tanto: la acción y la contemplación.
La oración es, en una hermosa frase de San Ambrosio, un sueño fecundo. La calma era su fuerza y así, sin ruido, vencían al mundo. San Agustín define a Dios en dos palabras, siempre actuando y siempre quieto. La vida religiosa efectivamente fructuosa está hecha de un sabio equilibrio entre la acción y la contemplación. San bernardo fue el hombre más activo de su siglo, pero era también el más contemplativo. Llevaba la soledad consigo, una soledad con su mundo interior que lo hacía feliz y superior a las cosas externas.
Realmente hemos perdido ese equilibrio, somos o pura oración subjetiva sin resonancia en la acción, o puro activismo que nos seca el alma. En ese clima de ruptura con nuestro mundo interior pululan los reformadores, que cuando rezan parecen anacoretas y cuando trabajan parecen títeres.

Alguno podría pensar que el sistema de vida es hoy tan distinto, que es imposible armonizar o vivir como lo hicieron los santos en la antigüedad. Yo diría que han cambiado las formas pero no el fondo. Los valores que emanan de la naturaleza humana son permanentes e inmutables tanto para el cuerpo como para el alma.
 Existe una manera de alimentarse, de amar, de pensar, de rezar, que no varía con las épocas. Todo está en armonizar la vida pública con la vida privada, pero esto depende de la calidad espiritual de cada uno, fruto de la cultura personal o de la riqueza interior de cada persona. Todo el problema reside aquí.
El drama del hombre es que ciertos bienes esenciales se pueden perder sin dolor y una vez perdidos no se recuperan más. La libertad, el entusiasmo, el sentido de lo espiritual. Hay facultades del hombre que se pierden para siempre por el mal uso que el hombre hace de ellas. 
Podemos abusar de la vista contemplando espectáculos degradantes o del oído escuchando mala música, pero no por eso quedarnos ni ciegos ni sordos. Pero si suprimimos el sentido crítico de las cosas, si nos acostumbramos a no razonar, somos como una marioneta agitada por influencias exteriores, como la publicidad, la propaganda, las corrientes de opinión.
Hay que preservar en nuestras vidas zonas de silencio y reflexión. Todavía podemos elegir entre las múltiples solicitaciones que nos asaltan y podemos rechazar lo malsano. Hay muchos, que habiéndose olvidado de abastecerse en la fuentes de la vida interior, tienen necesidad de ser constantemente reanimados por las aportaciones del mundo exterior, porque cuando entran dentro de si mismos, no hallan más que vacío y se apresura a huir.
Monseñor Antonio Gonzalez

miércoles, 25 de enero de 2012

Ministerio, carisma y servicio.

¿Qué diferencia existe entre ministerio, carisma y servicio? ¿Qué relación hay entre esos términos?

La palabra ministerio proviene del latín ministerium. Es el término con el que la vulgata traduce el término diakonía, que designa tanto el oficio de servidor como el servicio realizado. La palabra carisma proviene del griego kharisma, cuya raíz se encuentra en la palabra kharis (gracia), que significa don gratuito. Es un don que concede el Espíritu Santo a una persona para cumplir cierta misión.

San Pablo nos dice que Dios nos ha colmado de gracia y de toda clase de dones "en Cristo" (cf Ef 1,6; Rom 8,32). El primer don es el Espíritu, que derrama en nuestros corazones el amor de Dios (Rom 5,5; cf 8,15). De ahí que todo carisma, en el NT, es la presencia del Espíritu que se manifiesta en los distintos dones que Él distribuye libremente en su Iglesia, para santificarla y disponerla a cumplir su misión en el mundo, como signo del amor de Dios a los hombres.

Luego la relación entre carisma y ministerio en el NT es evidente: "a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común", para servir al resto (1 Cor 12,7;cf 1 Pe 4,10). Los dones del Espíritu Santo son diversos, así como los servicios o funciones en la Iglesia y las actividades de los hombres. Sin embargo provienen de un mismo Espíritu, lo que les confiere unidad y una misma finalidad. Los hombres, pues, son buenos gestores de esa gracia cuando "cada uno pone el don al servicio de los demás" (1 Pe 4,10).

Los carismas aunque puedan tener algunas veces carácter extraordinario, no son realidades excepcionales en la Iglesia. Por ejemplo, la práctica de la caridad, primera virtud cristiana, es don del Espíritu (1 Cor 12, 31- 14,1). Tanto la vida de los cristianos como el funcionamiento de las instituciones de la Iglesia dependen de los carismas. Así, de esta manera, el Espíritu Santo dirige al pueblo de Dios.

Existe una estrecha relación entre carismas, servicios y ministerios, lo que explica que en el NT, en especial San Pablo, utilice los términos como si fuesen equivalentes, aunque, por otro lado, habría que decir que con la palabra "carisma", se hace una referencia más directa al don, el Espíritu, mientras que con la palabra "ministerio" se hace referencia al ejercicio de dicho don.

Ahora bien, en síntesis podemos decir que:

* Carisma: es el don gratuito concedido por el Espíritu Santo a cierta persona para llevar a cabo una actividad o una forma de vida que contribuya a la edificación de la Iglesia y al bien de la sociedad.

* Servicio: es la acción que como consecuencia del carisma recibido, se desarrolla en favor de la comunidad cristiana y de todos los hombres a los que se haya destinado dicho servicio. El servicio se realizará ocasionalmente, espontáneamente o bien de forma institucionalizada y estable.

* Ministerio: es el servicio que por su estabilidad requerida para su ejercicio, es recomendado por el responsable de una Iglesia particular, en acto público, a las personas que han de desempeñarlo. Existen dos ministerios:

- laicales o instituidos: acolitado y lectorado.
- ordenados: episcopado, presbiterado y diaconado.

http://blogs.periodistadigital.com/servusveritatis.php/2007/07/03/ministerio-carisma-y-servicio

martes, 24 de enero de 2012

De Ingeniera a Monja

VALENCIA, 20 Ene. 12 (ACI/EWTN Noticias) .- Una ingeniera agrónoma de origen ecuatoriano ingresó al monasterio del Santo Sepulcro de las Agustinas Descalzas de Alcoi, en Alicante (España), tras conocer a la orden a la que ahora pertenece por su canal de Youtube.

Mónica Pesantes es ahora postulante de las Agustinas luego de ver algunos de los videos de estas religiosas de vida contemplativa en los que relatan sus testimonios, y además cuentan la historia del monasterio y de la orden.

Según informa la agencia AVAN del Arzobispado de Valencia, la ingeniera y ahora religiosa tiene 37 años, es natural de Guayaquil y llega a la ciudad de Tui, en la provincia de Pontevedra (España) el año 2000.

A su llegada a España colaboró con la congregacipn de las Franciscanas Hospitalarias del Niño Jesús en Tui "ayudando en la atención de ancianos y como catequista de niños y jóvenes", donde permaneció durante 11 años.

Luego acudió a la comunidad de religiosas de Alcoi tras conocerla por Internet.

Después de un mes de convivencia con la comunidad de Agustinas Descalzas de Alcoi, el pasado 8 de diciembre inicio su etapa de postulantado.

Las religiosas producen sus propios videos: graban las imágenes, las editan y realizan el montaje audiovisual para subirlo a su canal de Youtube en el que ya tienen unos 10 videos que tienen unas 9 mil vistas.

La orden de las Agustinas Descalzas, fundada por San Juan de Ribera en el siglo XVI y cuyo carisma es la oración, contemplación y reparación, cuenta en la diócesis, además del monasterio del Santo Sepulcro en Alcoi, con el de la Purísima Concepción en la localidad valenciana de Benigenim.

lunes, 23 de enero de 2012

Diez reglas para comunicar la Fe

Probemos a convencer sin querer derrotar.

 Éste es un extracto del artículo de Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra, publicado en L’Osservatore Romano.

La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Pero es también una cuestión de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación de la fe.

Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.

Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios.

1. Principios relativos al mensaje

a) Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo.

Juan Pablo II afirma en la encíclica Familiaris consortio que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.

Para transmitirla adecuadamente a los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.

b) El mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.

Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.

Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.

c) El mensaje ha de ser claro.

La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje.

A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.

2. Principios relativos a la persona que comunica

a) Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad.

La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.

El aval de una autoridad en la materia, o de un observador imparcial, representa una garantía para la opinión pública. Con otras palabras, nadie se avala a sí mismo. Existen instancias que, con mayor o menor fundamento, ejercen esa función evaluadora. En el ámbito de la opinión pública, ese aval lo otorgan principalmente los periodistas. Por eso, es crucial considerarlos como aliados, nunca como enemigos, en el proceso de comunicación.

b) El segundo principio es la empatía.

La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas, con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones.

Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor.

c) El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía.

La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. La claridad no es incompatible con la amabilidad.

3. Principios relativos al modo de comunicar

a) El primero es la profesionalidad.

Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.

La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro.

Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.

b) El segundo principio podría denominarse transversalidad.

La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.

En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. En ese país, y en muchos otros, los católicos no plantean su acción pública poniendo su esperanza en un partido. Saben por experiencia que lo importante no es que una formación política incorpore a su programa la doctrina social cristiana, sino que esos valores se hagan presentes en todos los partidos, de modo transversal.

c) El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad.

Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el «cultivo»: sembrar, regar, podar, antes de cosechar.

El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma «masculino», donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma «femenino», porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia. Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo.

El principio de la caridad

A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad.

En los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.

La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente nueva.