domingo, 10 de enero de 2010

La Señora de Todos los Pueblos

El 25 de Marzo de 1945 la Santísima Virgen se apareció en Amsterdam a Ida Peerdeman transmitiéndole el primero de una serie de 56 mensajes a lo largo de 15 años.
En estos mensajes María pide explicitamente al Papa y a la Iglesia la proclamación de un nuevo dogma: el de María Corredentora, Medianera y Abogada, como colofón de la doctrina mariana.
Cuando este dogma sea proclamado Ella promete dar la paz, la verdadera paz al mundo.
El 11 de Febrero de 1951, aniversario de las apariciones de Lourdes, la Señora dicta una sencilla oración. Pide que se difunda, que todos la recen cada día y afirma que mediante ella la Señora salvará al mundo.
La imagen es la representación y la preparación de este dogma.
El 31 de mayo de 1996, el obispo de Haarlem - Amsterdam, Mons. Bomers, y su auxiliar, Mons. Punt, autorizaron en una declaración oficial la veneración pública de la Virgen María con el título de "Señora de todos los pueblos"

Oración

Señor Jesucristo, Hijo del Padre,
manda ahora Tu Luz, sobre la tierra.
Haz que el Espíritu Santo
Habite en el corazón de todos los pueblos,
para que sean preservados de la corrupción,
de las calamidades y de las guerras.
Y la Señora y Madre de Dios, y de todos
los Pueblos, que Fue, Es y Será siempre María
Madre de Dios, y de toda la humanidad,
sea Nuestra Abogada e Intercesora.
Como fue y Es Madre Corredentora
con Cristo Jesús, su Divino Hijo
al pie de la Cruz. Amén

viernes, 8 de enero de 2010

El hábito religioso y el traje eclesiástico (II)

Los religiosos y religiosas, y de modo semejante los sacerdotes, con sus hábitos o su clerman, ofrecen una presencia visual perfectamente adaptada a un medio pobre o a uno rico. Apenas tienen que pensar cada día en qué ponerse. A lo más podrán tener «un» hábito más nuevo o un traje algo más elegante para algunos acontecimientos señalados. Y basta.

En mi primer artículo sobre el hábito religioso y el vestir de los sacerdotes me limité a recordar la doctrina y la normativa de la Iglesia, citando un par de documentos importantes. Añado ahora algunas consideraciones.
Importancia del tema.– Ortega y Gasset decía que «las modas en los asuntos de menor calibre aparente –trajes, usos sociales, etc.– tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye, y, en consecuencia, tacharlas de superficialidad, como es sólito, equivale a confesar la propia y nada más» (Historia del amor).
Creo que sería un error considerar el vestir de religiosos y sacerdotes como una cuestioncilla meramente accidental: «cuestión de trapos». Si tan poca importancia tiene, si en el fondo viene a «dar lo mismo» vestir de un modo u otro, ¿por qué tantos sacerdotes y religiosos, a veces tan buenas personas, no se deciden a obedecer lo que la Iglesia ha mandado reiteradas veces en este tema? No. Ya se ve que el asunto tiene mucha importancia, tanto para la vida personal de religiosos y sacerdotes, como para su presencia y ministerio entre los hombres.
La Iglesia, al mandar con tan
determinada determinación el uso del hábito y del clerman (clergyman) se fundamenta no solo en una tradición que tiene ya muchos siglos, sino en sólidas razones teológicas y prácticas. Comienzo por fijarme en las razones prácticas, considerando solo tres: la pobreza, la identificación social y el voto de los jóvenes. En un tercer artículo recordaré los motivos teológicos, sin duda los más importantes.
Pobreza.– Cuando la Iglesia trata del vestir de sacerdotes y religiosos, suele aludir al «testimonio de pobreza» (p.ej., canon 669), y lo hace con toda razón. En comparación con el hábito o el clerman, vestir como seglar implica mucho
–más gasto de dinero. Una religiosa, por ejemplo, con dos o tres hábitos, muchas veces de confección casera, tiene resuelta de una vez la cuestión vestimentaria para, supongamos, diez años. Vestir de seglar, por el contrario, exige un número de prendas relativamente alto, pues no se pueden llevar siempre las mismas. Además, cada una de ellas tiene una expresividad social distinta, adecuada o no a tales o cuáles circunstancias.
–más gasto de tiempo. Tiempo para confeccionar la prenda. O tiempo para adquirirla: es sabido cuántas horas se lleva el ir a buscar en los comercios una cierta prenda, de tal forma, color y calidad, que a veces se resiste denodadamente a ser encontrada. Habrá que buscar en tal otra tienda. «Es que ya hemos mirado en cinco». «Pues lo dejamos para otro día».
–y gasto de atención: «¿qué me pongo hoy?». Los vestidos diversos tienen inevitablemente un lenguaje no-verbal de gran elocuencia. Eligiendo éste o el otro modo de vestir para tal ocasión, no convendrá llamar la atención por algo, pero tampoco presentarse como un adefesio. Conseguir este objetivo no siempre es tan sencillo, porque los lugares, ocasiones y circunstancias cambian mucho. Y todavía cambia más la moda, cuya íntima ley es precisamente el cambio permanente. Pero un cierto respeto por la moda, aunque sea muy relativo, viene a ser obligado en quien vista de seglar.
Estas no pequeñas inversiones de dinero, tiempo y atención se ven casi totalmente eliminadas cuando religiosos, religiosas y sacerdotes usamos el hábito o el clerman.
Por otra parte, no parece realista oponerse al hábito religioso o eclesiástico alegando que resulta más caro que el vestir secular. Si, por ejemplo, a unas religiosas Misioneras de la Caridad, de la M. Teresa de Calcuta, les objetáramos que con sus hábitos desentonan de los medios tan pobres y miserables en los que habitualmente se mueven, probablemente reaccionarían sonriendo, pero se abstendrían de argumentar nada. Y es que son muy buenas.
Los religiosos y religiosas, y de modo semejante los sacerdotes, con sus hábitos o su clerman, ofrecen una presencia visual perfectamente adaptada a un medio pobre o a uno rico. Apenas tienen que pensar cada día en qué ponerse. A lo más podrán tener «un» hábito más nuevo o un traje algo más elegante para algunos acontecimientos señalados. Y basta.
Ciertamente, no todo «hábito» ha de ser una túnica que vaya del cuello a los talones (usque ad talos; de ahí lo de «hábito talar»). Hay hábitos, por supuesto, más cortos. Y en los hombres, religiosos o clérigos, siempre será posible el clerman. Pero pensando en el hábito más tradicional, el hábito talar, será también difícil argumentar que va contra la pobreza o que es insoportablemente incómodo, si tenemos en cuenta que lo usan normalmente, y no por mortificación, cientos y quizá miles de millones de seres humanos, sobre todo en Asia y África. Quizá una cuarta parte de la humanidad, y precisamente la parte más pobre, la más dedicada a trabajos físicos y la que habita en los países más calurosos. Tampoco hay razón para pensar que tantos millones de personas –en su mayoría, como digo, de países pobres–, vayan «sobre-vestidos», como a veces se alega objetando el hábito religioso. Las prendas que vistan interiormente serán, por supuesto, muy elementales.
Identificación social.– El vestir religioso o sacerdotal identifica de modo claro y permanente a la persona especialmente consagrada al servicio de Dios y de los hombres. Esto es evidente. Pero lo que importa afirmar es que esa identificación es sin duda positiva y valiosa. No solo la experiencia de la Iglesia así lo afirma, sino también los estudios modernos de psicología social. La bata blanca, por ejemplo, no dificulta la relación del médico con sus pacientes, sino que la facilita. Analizaré más este punto al tratar de la teología del signo. Pasemos, pues, ya a una tercera razón práctica.
El voto de la juventud.– A comienzos del siglo XXI, sabemos con certeza que los Institutos religiosos y los Seminarios que mantienen el hábito y el clerman tienen muchísimas más vocaciones que aquellos otros que los han eliminado, secularizando deliberadamente su imagen en el vestir. Si nos asomamos a los ámbitos de Iglesia que tienen más vocaciones, comprobamos que, siendo a veces entre sí muy diferentes, todos coinciden en que de un modo u otro identifican de modo evidente por el vestir a sus miembros religiosos o sacerdotes. Esto podrá alegrar a unos y entristecer a otros; pero lo que es evidente es que es así.
También viene a ser, simétricamente, una regla general significativa que entre los institutos religiosos que caminan aceleradamente hacia su extinción o los Seminarios diocesanos que no tienen vocaciones, suele ser norma común la secularización completa del vestir. El dato, sin duda, es elocuente. Aunque también haya, es cierto, religiosos y Seminarios que conservan el hábito o el clerman y que no tienen vocaciones. Pero no es frecuente, al menos, no es una norma.
Dicho lo mismo en otras palabras: el voto de los jóvenes que aspiran a la vida sacerdotal o religiosa, masculina o femenina, actualmente se vuelca indudablemente en favor de los Seminarios y de los Institutos religiosos que mantienen la identificación social en el vestir. En las Iglesias diocesanas, por ejemplo, cada vez es más frecuente comprobar que son los sacerdotes jóvenes los más adictos al clerman.
También conviene señalar, en ese mismo sentido, que los Obispos, sobre todo los más jóvenes, van nombrando cada vez más para las funciones principales de la diócesis –Curia, Seminario, Delegaciones, etc.– a sacerdotes que no solamente en lo fundamental, doctrina y vida, sino también en su vestimenta, se ajustan a la enseñanza y a la disciplina de la Iglesia.
El voto del Espíritu Santo.– Acabo de aludir, entre las razones prácticas, al voto de los jóvenes de hoy. Y es un argumento que no debe ser ignorado. Pero ese mismo dato ha de ser considerado en una significación infinitamente más profunda. Siendo el Espíritu Santo el único que puede suscitar vocaciones, y mantenerlas en la fidelidad perseverante, puede conocerse por datos ciertos que Él prefiere suscitar vocaciones religiosas y sacerdotales allí donde se guarda la disciplina de la Iglesia en lo relativo al vestir de sacerdotes y religiosos.
En un tercer artículo, con el favor de Dios, he de tratar de las razones más profundas del hábito en el sacerdote y el religioso.
José María Iraburu, sacerdote
08/09/08
http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=1226

jueves, 7 de enero de 2010

Vida Consagrada Femenina

L’OSSERVATORE ROMANO, 15 de marzo de 1995

1. La vida consagrada femenina ocupa un lugar muy importante en la Iglesia. Basta pensar en la profunda influencia de la vida contemplativa y de la oración de las religiosas, en el trabajo que realizan en el campo escolar y hospitalario, en la colaboración que prestan a la vida de las parroquias en numerosos lugares, en los importantes servicios que aseguran a nivel diocesano o inter diocesano, y en las tareas cualificadas que desempeñan cada vez más en el ámbito de la Santa Sede.
Recordemos, además, que en algunas naciones el anuncio evangélico, la actividad catequística y la misma administración del bautismo se confían en buena parte a las religiosas, que tienen un contacto directo con la gente en las escuelas y con las familias. No hay que olvidar tampoco a las otras mujeres que, según diversas formas de consagración individual y de comunión eclesial, viven en la oblación a Cristo y al servicio de su reino en la Iglesia, como sucede hoy con el orden de las vírgenes, en el que se entra mediante la consagración especial a Dios en manos del obispo diocesano (cf. Código de derecho canónico, c. 604).
2. Bendita sea esta variada multitud de siervas del Señor que prolongan y renuevan, a lo largo de los siglos, la hermosísima experiencia de las mujeres que seguían Cristo y lo servían junto con sus discípulos (cf. Lc 8, 1-3). Ellas, al igual que los Apóstoles, habían experimentado la fuerza conquistadora de la palabra y de la caridad del Maestro divino, y se habían puesto a ayudarlo y a servir como podían durante sus itinerarios de misión. El evangelio nos revela el agrado de Jesús, que no podía menos de apreciar esas manifestaciones de generosidad y delicadeza, características de la psicología femenina, pero inspiradas en la fe en su persona, que no tenía una explicación simplemente humana. Es significativo el ejemplo de María Magdalena, discípula fiel y ministra de Cristo durante su vida, y después testigo y -casi se puede decir- primera mensajera de su resurrección (cf. Jn 20, 17-18).
3. No se puede excluir que en ese movimiento de adhesión sincera y fiel se reflejara, de forma sublimada, el sentimíento de entrega total que lleva a la mujer al matrimonio y, más aún, en el nivel del amor sobrenatural, a la consagración virginal a Cristo, como he escrito en la Mulieris dignitatem (cf. n. 20).
En ese seguimiento de Cristo, traducido en servicio, podemos descubrir también el otro sentimiento femenino de la oblación de sí, que la Virgen María expresó tan bien al término de su coloquio con el ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es una expresión de fe y de amor, que se concreta en la obediencia a la llamada divina, al servicio de Dios y de los hermanos. Así sucedió con María, con las mujeres que seguían a Jesús y con todas las que, imitándolas, lo seguirían a lo largo de los siglos.
La mística esponsal aparece hoy más débil en las jóvenes aspirantes a la vida religiosa porque ni la mentalidad común ni la escuela ni las lecturas favorecen ese sentimiento. Además, son conocidas algunas figuras de santas que han encontrado y seguido otros hilos conductores en su relación de consagración a Dios: como el servicio a la venida de su reino, la entrega de sí a él para servirlo en sus hermanos pobres, el sentido vivo de su soberanía («Señor mío y Dios mío», cf. Jn 20, 28), la identificación en la oblación eucarística, la filiación en la Iglesia, la vocación a las obras de misericordia, el deseo de ser las más pequenas o las últimas en la comunidad cristiana, o ser el corazón de la Iglesia, o en supropio espíritu ofrecer un pequeño templo a la santísima Trinidad. Estos son algunos de los letit-motiv de vidas conquistadas --como la de san Pablo y, sobre todo, la de María-- por Cristo Jesús (cf. Flp 3, 12).
Además, se puede destacar con provecho para todas las religiosas el valor de la participación en la condición de «Siervo del Señor» (cf. Is 41, 9; 42, 1; 49, 3; FIp 2, 7, etc.), propia de Cristo sacerdote y hostia. El servicio que Jesús vino a realizar, entregando su vida «como rescate por muchos» (Mt 20, 28), es un ejemplo que hay que imitar y una participación redentora que hay que actuar en el «servicio» fraterno (cf. Mt 20, 25-27). Esto no excluye, sino que, por el contrario, implica una realización especial del carácter esponsal de la Iglesia en la unión con Cristo y en la aplicación continua al mundo de los frutos de la redención llevada a cabo con el sacerdocio de la cruz.
4. Según el Concilio, el misterio de la unión esponsal de la Iglesia con Cristo se representa en toda vida consagrada (cf. Lumen gentiurn, 44), sobre todo mediante la profesión del consejo evangélico de la castidad (cf. Perfectae caritaris, 12). Sin embargo, es comprensible que esa representación se haya visto realizada especialmente en la mujer consagrada, a la que se atribuye a menudo, incluso en textos litúrgicos, el título de sponsa Christi. Es verdad que Tertuliano aplicaba la imagen de las bodas con Dios indistintamente a hombres y mujeres cuando escribía: «Cuántos hombres y mujeres, en los órdenes de la Iglesia, apelando a la continencia, han preferido casarse con Dios ... » (De exhort. cast., 13. PL 2, 930 A; CC 2, 1.035, 35-39), pero no se puede negar que el alma femenina es particularmente capaz de vivir el matrimonio rnístico con Cristo y, por tanto, de reproducir en sí el rostro y el corazón de la Iglesia. Por eso, en el rito de la profesión de las religiosas, y de las vírgenes seglares consagradas, el canto o la recitación de la antífona: Ven¡, sponsa Christi... llena su de intensa emoción, envolviendo a las interesadas y a toda la asamblea en un ámbito místico.
5. En la lógica de la unión con Cristo, ya sea como sacerdote ya como esposo, se desarrolla en la mujer también el sentido de la maternidad espiritual. La virginidad --o castidad evangélica-- implica una renuncia a la maternidad fisica, pero para traducirse, según el designio divino, en una maternidad de orden superior, sobre la que brilla la luz de la maternidad de la Virgen María. Toda virginidad consagrada está destinada a recibir del Señor un don que, en cierta medida, reproduce las características de la universalidad y de la fecundidad espiritual de la matemídad de María.
Esto se aprecia en la obra que han llevado a cabo numerosas mujeres consagradas para educar a la juventud en la fe. Es sabido que muchas congregaciones femeninas han sido fundadas y han creado numerosas escuelas, con el fin de impartir esa educación, para la cual, especialmente cuando se trata de niños, las cualidades de la mujer son valiosas e insustituibles. Eso se aprecia, además, en las numerosas obras de caridad y asistencia en favor de los pobres, los enfermos, los minusválidos, los abandonados, especialmente los niños y las niñas a quienes, en otros tiempos, se llamaba desamparados: en todos esos casos se han visto comprometidos los tesoros de entrega y compasión del corazón femenino. Y, por último, se aprecia en las varias formas de cooperación con los servicios de las parroquias y de las obras católicas, donde se han ido revelando cada vez mejor las aptitudes de la mujer para colaborar en el ministerio pastoral.
6. Pero entre todos los valores presentes en la vida consagrada femenina, es preciso otorgar siempre el primer lugar a la oración. Se trata de la principal forma de actuación y de expresión de la intimidad con el Esposo divino. Todas las religiosas están llamadas a ser mujeres de oración, mujeres de piedad, mujeres de vida interior, de vida de oración. Aunque el testimonio de esta vocación es más evidente en los institutos de vida contemplativa, aparece también en los institutos de vida activa, que salvaguardan con atención los tiempos de oración y de contemplación correspondientes a la necesidad y a las exigencias de las almas consagradas, así como a las mismas indicaciones evangélicas. Jesús, que recomendaba la oración a todos sus discípulos, quiso destacar el valor de la vida de oración y de contemplación con el ejemplo de una mujer, María de Betania, a quien alabó por haber elegido «la parte mejor(Lc 10, 42): escuchar la palabra divina, asimilarla y hacer de ella un secreto de vida, ¿No era ésta una luz encendida para toda la aportación futura de la mujer a la vida de oración de la Iglesia?
Por otra parte, en la oración asidua reside también el secreto de la perseverancia en ese compromiso de fidelidad a Cristo, que ha de ser ejemplar para todos en la Iglesia. Este testimonio puro de un amor que no vacila puede ser de gran ayuda para las otras mujeres en las situaciones de crisis que, también desde este punto de vista, afectan a nuestra sociedad. Formulamos votos y oramos para que muchas mujeres consagradas, teniendo en sí el corazón de esposas de Cristo y manifestándolo en la vida, ayuden también a revelar y a hacer comprender mejor a todos la fidelidad de la Iglesia en su uni6n con Cristo, su Esposo: fidelidad en la verdad, en la caridad y en el anhelo de una salvación universal.

Beato Juan Gabriel Perboyre

(Misionero Paúl y mártir en China)

Nació en Puech (Francia) el 6 de enero de 1802, de cristiana familia compuesta por ocho hijos de los cuales seis fueron religiosos. En su infancia se destacó entre sus compañeros por una gran inclinación a la vida de piedad. Ingresa en la Congregación de la Misión -PP. Paules- y suplica y obtiene ser enviado a misionar en China. Allí se dedica intensamente a la evangelización de los chinos, durante una de las crueles persecuciones, que le consigue el tan deseado martirio y tan esclarecido que por él se trocó en verdadera imagen de Cristo crucificado: vendido por treinta monedas, por un cristiano apóstata, entregado a una chusma armada, encomendado a la custodia de un hombre cruel por sobrenombre el tigre, llevado de tribunal en tribunal, abofeteado y azotado y por fin, tras un año de crueles tormentos, condenado a morir en una cruz, en compañia de cinco malhechores, sentencia que se cumplió un viernes hacia las 3 de la tarde, un 11 de septiembre de 1840. En aquel momento una cruz apareció en el cielo, siendo vista por muchos, tanto cristianos como paganos.
El Papa León XIII lo beatificó el 9 de noviembre de 1889, fijando su fiesta para el 11 de septiembre.
Sus reliquias fueron llevadas a la Casa Madre de los Hijos de San Vicente de Paul en París.
La figura del Beato Juan Gabriel no ha perdido actualidad, cuando las puertas de china parecen abrirse incluso para los misioneros del Evangelio. Pidamos para que el Señor, por intercesión del Beato realice el milagro, que le lleve a la gloria de la solemne Canonización.

Novena o Triduo

Oración a la Santisima Trinidad
¡Oh Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espiritu Santo! que de tantas maneras has manifestado Tu Omnipotencia y Misericordia en favor de los hombres: escucha mis ruegos en la necesidad que ahora siento y por los méritos e intercesión del Beato Juan Gabriel P., me concedas la gracia que pido. Amén.
(se hace la petición y se rezan tres Glorias al Padre)
Ruega por nosotros beato Juan Gabriel, para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Oración
Señor Dios nuestro, que quisiste esclarecer a tu bienaventurado martir Juan Gabriel con los trabajos apostolicos y la participación en la cruz de tu Hijo; haz que siguiendo sus huellas, nos hagamos partícipes de la pasión de Cristo, para que con gozo llevemos a todos la salvación. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

(Editado por la Basílica Parroquia de la Milagrosa. Madrid)

Nota: Con este post inicio una serie, donde quiero dar a conocer beatos/as, santos/as y advocaciones Marianas, no muy conocidas, sacados de estampas que han llegado a mi por varios medios, y siempre para gloria de Dios.

miércoles, 6 de enero de 2010

Necesito de Ti.

(este mensaje lo veo precioso y lleno de amor, para inciar el año 2010 con fuerza y confianza)

- Yo, el Señor, tu Dios -
me acerco a ti y te hablo:
no puedo obligarte a nada,
sería desdecirme de la libertad que puse en ti.
Es cierto que me llaman “El Todopoderoso”, y lo soy,
pero sin la ayuda del hombre
me siento todo debilidoso;
mi poder está en el amor: “El Amor todo lo puede”.
Necesito de ti, sin ti, sin tu consentimiento
nada puedo hacer, no puedo transmitir mi amor.
Necesito entrar en ti, en tu corazón
para que llevándome dentro
puedas darme a luz al mundo, través de tu vida.
Sé que lo que te pido no es cualquier cosa,
que la gente puede hablar sobre ciertas cosas que vea en ti,
pero ahora, no es la gente quien me importa,
en estos momentos es a ti a quien me dirijo.
Quizás pienses que hay más personas,
que puedo pedírselo a otra,
sin embargo, nadie puede ocupar tu lugar en mi corazón,
nadie puede sustituirte en el amor que a ti te tengo
y en lo que he soñado para ti.
¿Me permites entrar en tu vida?
¿Puedo anidar en tu interior?
Para encarnarme en la historia fue María la elegida,
ahora es a ti a quien me dirijo:
no te obligo a nada,
el amor no puede imponerse.
Hoy quiero regalarte mi amor
Y si lo aceptas, seré regalo en ti para otros.
¿PUEDO CONTAR CONTIGO?